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J. S. Bach. La voz de Dios

GENER GONZALVO i BOU (historiador, 1958-2017)

Publicado en catalán en la revista Culturàlia, editada por el “Centre Cultural de Tàrrega”, número 14, enero 2000, página 8.

Este año se cumplen 250 años de la muerte del compositor y músico alemán Johann Sebastian Bach, nacido en Eisenach en 1685, el mismo año que Händel. En todo el mundo la efeméride será dignamente conmemorada, con multitud de conciertos y ediciones de libros y CD de su música. En 65 años de vida, Bach, eminente organista, compuso cientos de obras de todos los géneros. De joven, recorría a pie cientos de kilómetros para escuchar organistas célebres, como Buxtehude. A diferencia de sus contemporáneos que triunfaron en vida -como el mismo Händel-, J. S. Bach pasó penurias de todo tipo, cargado como estaba de hijos y familia. Rodeado de músicos mediocres, seguramente ahora quedaría embobado de cómo se interpretan sus composiciones.

Bach escribió numerosas obras profanas, tanto instrumentales (sus inenarrables seis Conciertos de Brandenburgo, las Suites para violonchelo, o los conciertos para clave o violín) como vocales (recordemos La Cantata del café). Sin embargo, con una educación firmemente religiosa, él mismo decía que su música servía para alabar a Dios. De ahí que sus obras más universales sean las monumentales composiciones religiosas: las pasiones (San Mateo, San Juan), las misas (La misa en Si menor), los oratorios y los cientos de cantatas que Bach componía para cada festividad dominical, todas diferentes.

Johann Sebastian Bach era un prodigio en el teclado. Sus improvisaciones organísticas -explican sus contemporáneos- eran memorables, y todos los estudiantes conocen los inenarrables 24 preludios y fugas del Clave bien temperado, ahora adoptados por los pianistas (cabe decir que los primeros pianos no gustaron a Bach. De hecho, eran muy rudimentarios).

Todos los músicos saben que hay un antes y un después de la música de Bach. Superando sus antecesores barrocos, el compositor alemán dominó a la perfección el arte de la fuga, la armonía y compuso inspiradísimas melodías. En vida -ya lo hemos dicho- no tuvo el éxito merecido, y en su muerte, en Leipzig, su música quedó olvidada, hasta que en el siglo XIX fue redescubierta. Los melómanos estamos de enhorabuena. Este año 2000 celebraremos como es debido el aniversario del «Maestro de Santo Tomás de Leipzig», un hombre consagrado a alabar a Dios con la música. Sin duda que ningún músico, en toda la historia cristiana, ha sido capaz de acercarse a Dios con las notas musicales. La emoción que despiertan sus obras nos acerca a la más pura mística, además de una calidad musical que creyentes y no creyentes han hecho que calificaran a Bach como «el padre de los músicos». Por eso nos hemos atrevido a calificar Johann Sebastian Bach como la voz de Dios. No hay duda de que, si la Iglesia Católica fuera más abierta de lo que es, santificaría a este luterano piadoso y humilde, como uno de los hombres que más ha hecho para acercar a Dios el corazón de los hombres.